Palabras
del Papa en la Beatificación
Basílica de Santa María de Guadalupe, México,
D.F. 6 de mayo de 1990
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«La
gracia del Espíritu Santo resplandece también
hoy en otra figura que reproduce los rasgos del Buen Pastor:
el Padre José María de Yermo y Parres. En él
están delineados con claridad los trazos del auténtico
sacerdote de Cristo, porque el sacerdocio fue el centro de
su vida y la santidad sacerdotal su meta. Su intensa dedicación
a la oración y al servicio pastoral de las almas,
así como su dedicación específica al
apostolado entre los sacerdotes con retiros espirituales,
acrecientan el interés por su figura, especialmente
ahora que, el próximo Sínodo de los Obispos
se ocupará también de la formación de
los sacerdotes del futuro.
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Apóstol
de la caridad, como lo llamaron sus contemporáneos, el
Padre José María unió el amor a Dios y el
amor al prójimo,
síntesis de la perfección evangélica, con una gran devoción
al Corazón de Jesús y con un amor particular hacia los pobres.
Su celo ardiente por la gloria de Dios lo llevaba también a desear que
todos fueran auténticos misioneros.
Todos misioneros.
Todos apóstoles del Corazón de Cristo. Especialmente
sus hijas, la Congregación que él fundó, las “Siervas
del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres”, a las
cuales dejó como herencia carismática dos amores: Cristo y
los pobres. Estos dos amores eran la llama de su corazón y tenían
que ser siempre la gloria más pura de sus hijas.
… José María de Yermo y Parres siguió con perseverancia
las huellas de Cristo, Buen Pastor. Su Beatificación en este domingo en
que la Iglesia celebra también la Jornada mundial de oraciones por las
vocaciones, es una llamada urgente a todos, para que desde la propia vocación,
vayamos a trabajar en la viña del Señor».
Palabras del Papa en la Canonización
Plaza de San Pedro, Roma, 21 de mayo de 2000
«Este es
su mandamiento: que creamos en el nombré de su Hijo Jesucristo
y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó (1 Jn
3, 23). El mandato por excelencia que Jesús dio a los suyos
es amarse fraternalmente como él nos ha amado (cf. Jn 15,
12). En la segunda lectura que hemos escuchado, el mandamiento
tiene un doble aspecto: creer en la persona de Jesucristo, Hijo
de Dios, confesándolo en todo momento, y amarnos unos a
otros porque Cristo mismo nos lo ha mandado. Este mandamiento es
tan fundamental para la vida del creyente que se convierte como
en el presupuesto necesario para que tenga lugar la ínhabitación
divina. La fe, la esperanza, el amor llevan a acoger existencialmente
a Dios como camino seguro hacia la santidad. Este se puede
decir que fue el camino emprendido por José María
de Yermo y Partes, que vivió su entrega sacerdotal a Cristo
adhiriéndose a él con todas sus fuerzas, a la vez
que se destacaba por una actitud primordialmente orante y contemplativa.
En el Corazón de Cristo encontró la guía para
su espiritualidad, y considerando su amor infinito a los hombres,
quiso imitarlo haciendo la regla de su vida la caridad. El nuevo santo
fundó las religiosas Siervas del Sagrado Corazón
de Jesús y de los Pobres, denominación que recoge
sus dos grandes amores, que expresan en la Iglesia el espíritu
y el carisma del nuevo santo. Queridas hijas de san José María
de Yermo y Parres, vivid con generosidad la rica herencia de vuestro
fundador, empezando por la comunión fraterna en comunidad
y prolongándola después en el amor misericordioso
al hermano, con humildad, sencillez y eficacia, y, por encima de
todo, en perfecta unión con Dios.
Capilla Papal para la Canonización
Homilía del Santo Padre

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Domingo
21 de mayo de 2000
1. "No amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad" (1
Jn 3, 18). Esta exhortación, tomada del apóstol Juan en el texto
de la segunda lectura de esta celebración, nos invita a imitar a Cristo,
viviendo a la vez en estrecha unión con Él. Jesús mismo
nos lo ha dicho también en el Evangelio recién proclamado: "Como
el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco
vosotros, si no permanecéis en mí" (Jn 15,4). |
A través
de la unión profunda con Cristo, iniciada en el bautismo
y alimentada por la oración, los sacramentos y la práctica
de las
virtudes evangélicas, hombres y mujeres de todos los tiempos, como hijos
de la Iglesia, han alcanzado la meta de la santidad. Son santos porque pusieron
a Dios en el centro de su vida e hicieron de la búsqueda y extensión
de su Reino el móvil de su propia existencia; santos porque sus obras
siguen hablando de su amor total al Señor y a los hermanos dando copiosos
frutos, gracias a su fe viva en Jesucristo, y a su compromiso de amar como Él
nos ha amado, incluso a los enemigos.
2. Dentro de la peregrinación jubilar de los mexicanos, la Iglesia se
alegra al proclamar santos a estos hijos de México: Cristóbal Magallanes
y 24 compañeros mártires, sacerdotes y laicos; José María
de Yermo y Parres, sacerdote fundador de las Religiosas Siervas del Sagrado Corazón
de Jesús, y María de Jesús Sacramentado Venegas, fundadora
de las Hijas del Sagrado Corazón de Jesús.
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Para
participar en esta solemne celebración, honrando así la
memoria de estos ilustres hijos de la Iglesia y de vuestra
Patria, habéis venido numerosos peregrinos mexicanos,
acompañados por un nutrido grupo de Obispos. A todos
os saludo con gran afecto. La Iglesia en México se regocija
al contar con estos intercesores en el cielo, modelos de caridad
suprema siguiendo las huellas de Jesucristo. Todos ellos entregaron
su vida a Dios y a los hermanos, por la vía del martirio
o por el camino de la ofrenda generosa al servicio de los necesitados.
La firmeza de su fe y esperanza les sostuvo en las diversas
pruebas a las que fueron sometidos. Son un precioso legado,
fruto de la fe arraigada en tierras mexicanas, la cual, en
los albores del Tercer milenio del cristianismo, ha de ser
mantenida y revitalizada para que sigáis siendo fieles
a Cristo y a su Iglesia como lo habéis sido en el pasado. |
3. En la primera lectura hemos escuchado cómo Pablo se movía
en Jerusalén "predicando públicamente el nombre del Señor.
Hablaba y discutía también con los judíos de lengua griega,
que se propusieron suprimirlo" (Hch 9, 28-29). Con la misión de
Pablo se prepara la propagación de la Iglesia, llevando el mensaje evangélico
a todas las partes. Y en esta expansión, no han faltado nunca las persecuciones
y violencias contra los anunciadores de la Buena Nueva. Pero, por encima de
las adversidades humanas, la Iglesia cuenta con la promesa de la asistencia
divina. Por eso, hemos oído que "la Iglesia gozaba de paz [...]
Se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor y se multiplicaba
animada por el Espíritu Santo" (Hch 9,31).
Bien podemos aplicar este fragmento de los Hechos de los Apóstoles a
la situación que tuvieron que vivir Cristóbal Magallanes y sus
24 compañeros, mártires en el primer tercio del siglo XX. La
mayoría pertenecía al clero secular y tres de ellos eran laicos
seriamente comprometidos en la ayuda a los sacerdotes. No abandonaron el valiente
ejercicio de su ministerio cuando la persecución religiosa arreció en
la amada tierra mexicana, desatando un odio a la religión católica.
Todos aceptaron libre y serenamente el martirio como testimonio de su fe, perdonando
explícitamente a sus perseguidores. Fieles a Dios y a la fe católica
tan arraigada en sus comunidades eclesiales a las cuales sirvieron promoviendo
también su bienestar material, son hoy ejemplo para toda la Iglesia
y para la sociedad mexicana en particular.
Tras las duras
pruebas que la Iglesia pasó en México en aquellos
convulsos años, hoy los cristianos mexicanos, alentados por el testimonio
de estos testigos de la fe, pueden vivir en paz y armonía, aportando
a la sociedad la riqueza de los valores evangélicos. La Iglesia crece
y progresa, siendo crisol donde nacen abundantes vocaciones sacerdotales y
religiosas, donde se forman familias según el plan de Dios y donde los
jóvenes, parte notable del pueblo mexicano, pueden crecer con esperanza
en un futuro mejor. Que el luminoso ejemplo de Cristóbal Magallanes
y compañeros mártires os ayude a un renovado empeño de
fidelidad a Dios, capaz de seguir transformando la sociedad mexicana para que
en ella reine la justicia, la fraternidad y la armonía entre todos.
4. "Éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo
Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó" (1
Jn 3, 23). El mandato por excelencia que Jesús dio a los suyos es amarse
fraternalmente como él nos ha amado (cf. Jn 15,12). En la segunda lectura
que hemos escuchado, el mandamiento tiene un doble aspecto: creer en la persona
de Jesucristo, Hijo de Dios, confesándolo en todo momento, y amarnos
unos a otros porque Cristo mismo nos lo ha mandado. Este mandamiento es tan
fundamental para la vida del creyente que se convierte como en el presupuesto
necesario para que tenga lugar la inhabitación divina. La fe, la
esperanza, el amor llevan a acoger existencialmente a Dios como camino
seguro hacia
la santidad.
Este se puede decir que fue el camino emprendido por José María
de Yermo y Parres, que vivió su entrega sacerdotal a Cristo adhiriéndose
a Él con todas sus fuerzas, a la vez que se destacaba por una actitud
primordialmente orante y contemplativa. En el Corazón de Cristo encontró la
guía para su espiritualidad, y considerando su amor infinito a los
hombres, quiso imitarlo haciendo la regla de su vida la caridad.
El nuevo Santo fundó las Religiosas Siervas del Sagrado Corazón
de Jesús y de los Pobres, denominación que recoge sus dos grandes
amores, que expresan en la Iglesia el espíritu y el carisma del nuevo
santo. Queridas hijas de San José María de Yermo y Parres: vivid
con generosidad la rica herencia de vuestro fundador, empezando por la comunión
fraterna en comunidad y prolongándoda después en el amor misericordioso
al hermano, con humildad, sencillez y eficacia, y, por encima de todo, en perfecta
unión con Dios.
5. "Permaneced en mí y yo en vosotros [...] El que permanece en
mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no
podéis hacer nada" (Jn 15, 4.5). En el evangelio que hemos escuchado,
Jesús nos ha exhortado a permanecer en Él, para unir consigo
a todos los hombres. Esta invitación exige llevar a cabo nuestro compromiso
bautismal, vivir en su amor, inspirarse en su Palabra, alimentarse con la Eucaristía,
recibir su perdón y, cuando sea el caso, llevar con Él la cruz.
La separación de Dios es la tragedia más grande que el hombre
puede vivir. La savia que llega al sarmiento lo hace crecer; la gracia
que nos viene por Cristo nos hace adultos y maduros a fin de que demos
frutos
de vida eterna.
Santa María de Jesús Sacramentado Venegas, primera mexicana canonizada,
supo permanecer unida a Cristo en su larga existencia terrena y por eso dio
frutos abundantes de vida eterna. Su espiritualidad se caracterizó por
una singular piedad eucarística, pues es claro que un camino excelente
para la unión con el Señor es buscarlo, adorarlo, amarlo en el
santísimo misterio de su presencia real en el Sacramento del Altar.
Quiso prolongar su obra con la fundación de las Hijas del Sagrado Corazón
de Jesús, que siguen hoy en la Iglesia su carisma de la caridad con
los pobres y enfermos. En efecto, el amor de Dios es universal, quiere llegar
a todos los hombres y por eso la nueva Santa comprendió que su deber
era difundirlo, prodigándose en atenciones con todos hasta el fin de
sus días, incluso cuando la energía física declinaba y
las duras pruebas que pasó a lo largo de su existencia habían
mermado sus fuerzas. Fidelísima en la observancia de las constituciones,
respetuosa con los obispos y sacerdotes, solícita con los seminaristas,
Santa María de Jesús Sacramentado es un elocuente testimonio
de consagración absoluta al servicio de Dios y de la humanidad
doliente.
6. Esta solemne celebración nos recuerda que la fe comporta una relación
profunda con el Señor. Los nuevos santos nos enseñan que los
verdaderos seguidores y discípulos de Jesús son aquellos que
cumplen la voluntad de Dios y que están unidos a Él mediante
la fe y la gracia.
Escuchar la Palabra de Dios, armonizar la propia existencia, dando el
primer espacio a Cristo, hace que la vida del ser humano se configure
a Él. "Permaneced
en mí y yo en vosotros", sigue siendo la invitación de Jesús
que debe resonar continuamente en cada uno de nosotros y en nuestro ambiente.
San Pablo, acogiendo este mismo llamado pudo exclamar: "vivo yo, pero
no soy yo; es Cristo quien vive en mí" (Gal 2,20). Que la Palabra
de Dios proclamada en esta liturgia haga que nuestra vida sea auténtica
permaneciendo existencialmente unidos al Señor, amando no sólo
de palabra sino con obras y de verdad (cf. 1 Jn 3,18). Así nuestra vida
será realmente "por Cristo, con Él y en Él".
Estamos viviendo el Gran Jubileo del Año 2000. Entre sus objetivos está el
de "suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad" (Tertio
millennio adveniente, 42). Que el ejemplo de estos nuevos Santos, don de la
Iglesia en México a la Iglesia universal, mueva a todos los fieles,
con todos los medios a su alcance y sobre todo con la ayuda de la gracia de
Dios, a buscar con valentía y decisión la santidad.
Que la Virgen de Guadalupe, invocada por los mártires en el momento
supremo de su entrega, y a la que San José María de Yermo y Santa
María de Jesús Sacramentado Venegas profesaron tan tierna devoción,
acompañe con su materna protección los buenos propósitos
de quienes honran hoy a los nuevos Santos y ayude a los que siguen sus ejemplos,
guíe y proteja también a la Iglesia para que, con su acción
evangelizadora y el testimonio cristiano de todos sus hijos, ilumine
el camino de la humanidad en el tercer milenio. Amen.
Roma
2000
Celebración
en Puebla
Milagro
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