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Como los líquidos,
los organismos y las almas se ajustan a su continente, proclaman
sus virtudes y sus miserias…
Al lado de
los pueblos se levantan también ciudades, hoy florecientes,
en las que vale la vida no por lo que tiene de dádiva
sino de conquista; ciudades sedientas y duras, cuñas de
vida humana en la naturaleza bronca…
Un 12 de Octubre,
en la confluencia de dos riachuelos, alguien dio el grito de… agua!.
Y se
fundó Chihuahua…
El hombre de
estos paramos es un navegante en la llanura, y como cala oírle
mentar su vocación marinera en la tierra sin agua!: -
Cómo está usted Don Pancho?- pos yo aquí,
navegando…
En Chihuahua
el mestizaje de razas fue limitadísimo. Criollos y españoles
fueron los primeros colonizadores (no conquistadores) y criollos
sus descendientes, fuertes como sus padres, frugales, rudos,
independientes, buscadores de minas y criadores de rebaños en
el siglo XVIII, cazadores de cabelleras indias en el siglo XIX.
De ellos heredaron los hombres de llano y de la sierra sobre
todo, profundo sentido de la dignidad personal y el amor ilimitado
a la libertad.
El
hombre de Chihuahua nació abierto y liberal..
Pocos – o
nadie- se habrán preguntado porqué en Chihuahua
no hubo Guerra de Independencia. El aislamiento geográfico
por un lado, al acendrado individualismo libertario por el otro,
fueron factores de fuerza para que en estos lares funcionaran
desde el primer momento gobiernos virtualmente autónomos
y democráticos…
Hoy todo se
encuentra muy cerca; en 1810 todo estaba muy lejos. El conflicto
moral del Padre Hidalgo no cabía. Mis antepasados empezaron
a abrir los ojos el día de su fusilamiento, y terminaron
de abrirlos cuando la Ciudad de México recibió jubilosa
al Ejercito de las Tres Garantías. Pasamos del Coloniato
a la Independencia casi sin darnos cuenta de ello.
Pocos – o
nadie- se habrán preguntado porque el chihuahua tampoco
hubo Guerra de Reforma.
Esta guerra
resultó incomprensible para los Chihuahuenses por la razón
muy simple de ser todos liberales, hasta los curas.
Por último
obsérvese que Chihuahua fue uno de los foros principales,
si no el más importante de la Revolución de 1910. Como
en Coahuila, como en Sonora, en Chihuahua la Revolución
no la hicieron peones sin tierras o caudillos hambrientos sino
burgueses de clase media; Pascual Orozco, acomodado transportista
de metales en la región serrana y Abraham González,
tenedor de libros con estudios profesionales en alguna escuela
norteamericana.
Entre la iniciativa
de las sociedades abiertas y la inercia de las sociedades cerradas
o igualitarias, el chihuahuense se inclinará siempre por
la primera…
Asunto inagotable
este del ser, hacer y quehacer del chihuahuense. Caminamos de
prisa, desde sus orígenes vizcaínos fue una sociedad
abierta, de iniciativas personales, sin afeites barrocos, nunca
fue tierra fácil; el paraíso terrenal no estuvo
por aquí, pero si así y todo el chihuahuense pudo
desenvolverse, levantar ciudades, conseguir niveles de vida en
otras partes insospechadas, es porque el hombre es un ser lleno
de posibilidades en el trabajo y la libertad. Entender la vida
como desafío es propio de mi gente. No desquite o bravuconería,
sino desafío cargado de esperanza.
1
Cien
años
de una congregación misionera
(2)
Cuando el Padre
Yermo se enteró que los Jesuitas retomaron las misiones
de la Tarahumara, nació en él un intenso deseo
de que sus hijas “Las Siervas del Sagrado Corazón
de Jesús y de los Pobres” fueran a esa misión.
Lo vio primero como un sueño y un ideal muy grande y pensó en
oración:
“Si este
ardiente deseo de misión entre infieles me lo inspiraras
tú, fecúndalo y señálame el camino”.
“En todo
debo moverme y dejarme llevar de tu santo espíritu y no
de mi deseo. Pero no sé qué confianza siento, espero
y sé que se realizará la misión de la Tara
humara, aunque por ahora no tengo en qué fundarme humanamente,
es más Señor, creo que después tú llevarás
a la sociedad por todo el mundo. Yo trabajaré más
para que las hermanas sean santas, estaré más atento
a lo que tú me digas en la oración, y atento a
no salir nunca de tu Divino Corazón, mortificarme cuanto
más pueda con sencillez…"
Cuando el provincial
de los Jesuitas escribió al Padre Yermo para decirle que
todo estaba listo para que sus hijas fueran a la Tara humara,
se llenó de alegría y escribió una larga
carta a las Hermanas, entre otras cosas les decía:
"…Pero ¿qué es
la misión de la Tara humara? ¡Es una de las más
grandes empresas a que podíais aspirar; porque se trata
de que vayáis a secundar los trabajaos que los venerables
misioneros Jesuitas están llevando a cabo entre los pueblos
más abandonados de nuestro propio país… que
desde la supresión de la Sagrada Compañía
de Jesús, llevada a cabo a fines del siglo XVIII, habían
estado abandonados, hasta que ahora esos buenos Padres, como
los llaman los Tara humaras, han vuelto a tomarlos bajo su amparo… decidme
os ruego: ¿puede haber para vosotras más glorioso?.
...
esa empresa por lo mismo que es tan elevada y noble, presenta en su
ejecución graves dificultades. En cuanto a las Hermanas a quienes
toque la dicha de acometerla, es indispensable que sean de aquellas
matronas esforzadas que impulsadas por el amor divino, tengan un celo
inmenso por la gloria de Dios como el de San Francisco Javier; un
valor que no se arredre ante las dificultades y peligros, un espíritu
de mortificación que las haga desear la cruz y mortificación de
Cristo, y para decirlo en una palabra, se necesita que sean
santas.... porque quien ha de inflamar a otros necesita
tener el alma hecha un volcán de amor
divino”.
Aunque todas las Hermanas querían ir a la
Tarahumara, las elegidas fueron la Madre María de los Ángeles
Escajadillo, como Superiora y las Hermanas María del Socorro Rangel,
María de la Paz Dávila y la Hermanita María Cleofas Rodríguez.
...
Apenas supo que los
caminos eran viables, apresuró la salida. Era el 25 de enero de 1904...
Llegaron
el viernes 29. Después de descansar un poco ese día y verse con el
Ilmo. Sr. Obispo de Chihuahua, al día siguiente acompañados del Padre
Alberto Cuzcó Mir, la Madre Concepción y la Hermana María Inés
Escalante salieron rumbo a Carichí.
El Padre Louvet
había dado minuciosas instrucciones para ese viaje. Abordaron el
Ferrocarril Central que los llevó de Chihuahua a la Estación de San
Antonio.
Acomodados lo mejor
posible en la carreta tirada por caballos, viajaron con el corazón
lleno de gozo y de esperanza. Aquel viaje no tenía nada de cómodo, el
camino era apenas una brecha y el acomodo, desacomodo y reacomodo de
los viajeros en sus asientos era continuo. En pleno enero, el frío de
la sierra es cruel, pero ellos no se quejaban, al contrario todo les
parecía hermoso y gozaban cada incomodidad. A la mitad del camino, la
carreta se descompuso; todos bajaron y ayudaron al cochero a
componerla. No faltó en el camino algún coyote y varias liebres, que
les distrajeron un poco del intenso frío. Las Hermanas cantaban
gozosas a la Reina del cielo. El Padre Yermo intensamente emocionado
pensó al oirlas cantar: “El ambicioso que fuera a saciar su deseo
de riquezas o en busca de un gran tesoro, no marcharía tan contento
como estas benditas Hermanas”. A mediodía del 31 de enero llegaron
a Carichí, donde el Padre Louvet los esperaba lleno de contento. El
Padre Louvet, conocía al Padre Yermo y la Congregación de Siervas,
pues había vivido en Puebla de 1891 a 1894 que fue cuando se
estableció la casa de “La Misericordia Cristiana” y había escrito
varias veces al Padre Yermo para tomar acuerdos sobre la llegada de
las Hermanas a Carichí. Enseguida los llevó a la sencilla casita que
con mil sacrificios había acondicionado para las Hermanas.
El Padre Yermo narra
así ese viaje meses más tarde:
“No puedo pintar
el gozo con que las Hermanas marchaban a su penosa misión, y cuanto en
el particular tratara de decir, sería poco quedando mi pintura sin
vida a causa de la palidez de los colores que empleara. El ambicioso
que fuera a saciar su deseo de riquezas con la adquisición del más
codiciado tesoro, no marcharía tan contento como aquellas benditas
Hermanas marchaban a la inculta Tarahumara. No hay que extrañarlo
porque anhelando manifestar a Dios su amor, ayudándolo en la conquista
de las almas, querían y deseaban servirlo no obstante los sacrificios
que ahí las esperaban. ¡Nunca olvidaré el gozo santo con que cantaban
en el camino solitario de la capilla de San Antonio a Carichic,
alabando a la Reina de los cielos y tierra!
... En su deseo de
aligerar las penas de las Hermanas,
(el Padre Louvet)
no perdonó medio alguno, y una cariñosa madre no habría hecho más de
lo que él hizo... jamás podremos agradecer como conviene a los hijos
de San Ignacio, lo que les debemos... Los cuidados tan tiernos y
delicados para disminuir los trabajos y penas de las Hermanas... no se
pueden apreciar cuando no se tuvo la oportunidad de presenciarlos”
Antes de
retirarse, el Padre Yermo, escribió en el libro que comenzaba a
registrar la historia de esta misión:
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